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La forma en la que nos alimentamos en el mundo occidental
está configurando distintos estilos de vida e incluso clases sociales.
Recurriendo a la sabiduría popular se podría afirmar: “dime
lo que comes y te diré cómo eres, donde vives, qué estilo
de vida llevas... e incluso parte de tu personalidad la podría
delatar el ticket de compra”. En general, las clases sociales altas
comen sano, la bajas se alimentan peor. Tampoco han cambiado tanto las
cosas en el fondo, pero sí en la forma.

Hace tan solo unos años eran poco habituales conceptos como: transgénicos, alimentos
funcionales o alimentos
ecológicos. Todo estaba bajo el paraguas de la nutrición
y solamente una minoría era conocedora de los distintos tipos
de alimentos que se podían cultivar y finalmente consumir.
Posteriormente surgió y se desarrolló de forma vertiginosa lo que
hoy conocemos como Biotecnología;
una forma de aplicar el conocimiento científico a la producción
de alimentos y mejorar la calidad (¿y cantidad?) de los mismos. Simultáneamente
nos encontramos con el surgimiento de la bioética;
llamada a poner coto y control a la “frankensteinzación” de
nuestra cesta la compra.
Como consecuencia del surgimiento de ambas disciplinas, la sociedad comenzó a
dividirse entre los partidarios de los organismos
genéticamente modificados (OGM) y los detractores,
que consideran estos alimentos como un atentado contra el equilibrio del planeta,
un aldabonazo a los principios
ecológicos y en definitiva, un peligroso “pan para
hoy... hambre para siempre”.
La modificación genética de los alimentos ha dado lugar a los que
conocemos como alimentos Transgénicos;
los cuáles han sido sometidos desde su surgimiento a rigurosos controles;
tanto por parte de sus creadores y promotores, como de las organizaciones que
desconfían de este tipo de productos.

Se puede afirmar y negar con la misma rotundidad que, a día
de hoy, no se ha demostrado que estos alimentos sean nocivos para
el organismo. Sin embargo, no faltan acusaciones vertidas sobre los
mismos que les hacen responsables de nuevas alergias, enfermedades,
patologías y/o trastornos de la alimentación. Quizá sea
nuestra sociedad y forma de vida lo que también alimente,
nunca peor dicho, la rebelión de nuestro estómago y
alrededores contra nosotros mismos.
En ocasiones se han hecho paralelismos entre el uso de los
transgénicos y la energía nuclear. En el caso de estos
organismos modificados genéticamente es difícil poder rebatir que
dan la posibilidad de crear cultivos inteligentes y resistentes a plagas, dotarlos
de propiedades adicionales, que en algunos casos rozan la función de los
medicamentos o contribuir a la regeneración de zonas degradadas, desérticas
o erosionadas. Pero como se dice de la energía nuclear, que presume de
limpia... puede ser muy nociva, de hecho terriblemente mortal, si se utiliza
de forma incorrecta.
Ahora bien, la caja de Pandora es la que se abre con las implicaciones económicas
que todo esto conlleva: para estos cultivos se requiere un suministro importante
de los fabricantes
de semillas y un uso mucho menor de los pesticidas al ser cultivos
más resistentes. Si a eso añadimos la voz de los ecologistas y
lo mezclamos todo en la mente de los políticos que deben regular la producción
de estos alimentos... tenemos un turbio panorama para poder, como consumidores,
fiarnos del milagro de los panes y lo peces que defienden los partidarios de
los transgénicos y la biotecnología... o del Apocalipsis del que
nos advierten los ecologistas y defensores de la alimentación natural
(y sana). La ecología viste conciencias, pero quizá ignorar el
medio ambiente nos despoje de una alimentación saludable. ¿No?

El progreso y el bienestar siempre generan inseguridad porque nos enfrentamos
a nuevos retos y a preguntas, que no deberían tener respuestas anticipadas
que se llenen de oportunismo y frivolidad. Porque mientras en el primer mundo
no dejamos de pensar en los efectos de un yogur caducado hace tres días
o en una sandía
transgénica de tamaño reducido para “singles”,
en el tercer mundo el debate es mucho más directo: hambre o comida.
En el fragor de esta batalla entre alimentos ecológicos y alimentos transgénicos
el mediador definitivo en las sociedades occidentales es la falta de tiempo y
el poder adquisitivo; en las grandes ciudades españolas como Madrid y
Barcelona dedicamos 36 minutos al almuerzo, 12 en desayunar y 32 para cenar.
En cuanto al tipo de alimentos, se ha reducido drásticamente en los últimos
20 años el consumo de alimentos básicos y frescos (el consumo de
leche ha bajado un 20%). Sin embargo se ha disparado el consumo de platos preparados,
alimentos funcionales y productos con un valor añadido (¿hay algo
que no lleve soja en la zona de lácteos?). Nuestra cesta de la compra
denota en líneas generales que no hemos incrementado la cantidad de lo
que comemos, aunque el precio casi se triplica en costes; en 1986 invertíamos
715 euros al año y hoy son 1880 euros anuales lo que nos cuesta llenar
el estómago.
Este retrato robot de una sociedad que no tiene tiempo y que busca la mejor relación
calidad-precio-salud, convierte el tema de la alimentación y de toda su
cadena de producción en un efecto dominó de difícil ajuste
y más complicada legislación(pdf).
Lo que es seguro es que en los países desarrollados el perfil del consumidor
de clase media-alta, todavía minoritario pero en claro ascenso, exige
cada vez más información sobre lo que consume y, derivado del progreso
económico, está dispuesto a asimilar que: si invierte
en buena
alimentación, lo está haciendo también en salud.
Los iconos de la civilización occidental se han sumado a esta tendencia
masiva sobre la comida sana y la salud: McDonalds piensa cada vez más
en verde, Disney ha
borrado del mapa la comida basura y el tabaco de Cruella Devil, al tiempo que
ha creado a una Ratatouille que
nos enseña a comer
sano... aunque siempre nos quedará Burguer King para reivincidar la
hamburguesa
de los machotes.

Tampoco conviene olvidar que, en palabras de la escritora marroquí Fátima
Mernissi: “vivimos dentro del harén de la talla 38” y
eso
condiciona las conductas en relación con la alimentación llevando
a trastornos tan graves como la anorexia y
la bulimia.
Quizá sea el momento de plantearse, como he indicado al principio, si
el surgimiento de las nuevas
enfermedades, alergias y patologías, se originan en el cerebro antes de
llegar al estómago y compañía.
Cada vez son más las preguntas a las que debe contestar la etiqueta
de
un alimento (pdf) colocado en la estantería de un país
occidental; bien para alimentarse de forma sana o bien para evitar el consumo
de determinados ingredientes que puedan consolidar una conducta alimentaria negativa
en relación
a los trastornos antes mencionados.
Lo que no se puede negar es que existe toda una industria que rodea al campo
de la alimentación
y la salud; sectores editoriales que han visto incrementada
su difusión de forma espectacular en los últimos años (AIMC)
y que ha dado lugar incluso a la publicación de semanarios
gratuitos dedicados
a estos temas. También los programas de televisión dedican gran
parte de su parrilla matinal a temas relacionados con la salud, aunque no
siempre
de forma afortunada.
La salud vende, la alimentación sana también y hay todo un ejército
de empresas
dispuestas a curarnos si nos salimos de los cánones que establecen
los triglicéridos y la Pasarela Cibeles. Una rivalidad entre patitos
feos y cisnes cuya
verdadera frontera, antes de situarse en la alimentación, lo hizo en la
publicidad y en los espejos que mienten o que dicen la verdad... dependiendo
del cristal utilizado.
Los transgénicos y la biotecnología nacieron como consecuencia
del conocimiento científico y del progreso (no siempre bien entendido)
de la civilización. Su efecto y utilidad para paliar el hambre en el tercer
mundo resulta difícil de cuestionar sobre todo en partes del planeta áridas
y con pocas posibilidades de cultivo.
Ahora bien, quizá no sea cuestión de demonizar los avances del
progreso dentro del campo de la manipulación genética, sino de
ser capaces de articular un marco legislativo que impida los abusos y fomente
el buen uso de este conocimiento.
Porque el miedo vende... pero se nos acumulan los lobos que nunca llegaron.
Octubre 2007 - Ignacio
Caballero

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